Cada época tiene sus propias preguntas. Es fácil reconocer que una de las más frecuente para la nuestra es la siguiente: ¿y si hacemos un podcast? No importa de qué, total, cualquiera puede hacer uno. No tengo ningún afán crítico relacionado con los podcasts, pero sí me causa bastante curiosidad cómo esta herramienta comunicativa ha logrado tener el éxito que tiene en nuestro tiempo. Tengo la suerte de escribir sobre la base de conversaciones que he mantenido con personas a las que, antes del podcast, se enganchaban con lo que, por decirlo de un modo, sería el origen mítico del formato de moda actual: la radio. Este aparato tuvo su época dorada y poco a poco fue siendo relegada por un heredero rebelde.
Hubo un tiempo en el que, para estar enterados del mundo, había que recurrir no solo a las revistas y los periódicos, sino a la radio y un tanto después a la televisión. La radio era un aparato parlante que debía estar en casa, pegado a la sala, la cocina o en algunos casos en la habitación propia. Es sorprendente el efecto mágico que tenía la radio. Su poder residía en alargar las influencias de nuestra voz, como si estiraran nuestras palabras hacia lugares que sin ella sería imposible. Las industrias culturales y las agencias publicitarias no tardaron mucho en comprender los alcances de esta tecnología y decidieron apostar sus inversiones en la creación de programas que fueran atractivos a sus intereses comerciales.
Había programas para todos los gustos, muchos de los cuales solo perviven en la memoria de sus aficionados, ya que la transmisión del contenido no aseguraba su grabación. Casi por efectos milagrosos, por ejemplo, tenemos registros de los programas cómicos que los hermanos Marx ofrecieron en la radio del siglo pasado. Era una serie que se publicaba los lunes donde Groucho representaba el drama de un abogado en apuros y su hermano Chico hacía los ademanes de un pasante avispado. Si tenemos registros, noticias y hasta un libro de estos episodios, es gracias a los guiones que se pudieron recuperar un tiempo después. Así como estas joyitas, muchas series y novelas se transmitían por radio.

Hoy en día cuesta creer que la radio se dedicará a contar historias y ofrecer contenidos por fuera de la música y los discos de moda. Con el paso del tiempo, su poder fue siendo robado por la televisión y los programas de espectáculo. La televisión tenía un plus: la imagen. Esto hizo que los auspiciadores dieran un giro y movilizaran sus billetes y monedas hacia los programas televisados, dejando a la radio desamparada a su suerte. Hubo importantes recortes de programas y muchos artistas se vieron en la obligación de buscar otros espacios para desarrollar su arte en la locución. Es ahí donde apareció ese canal del cual ahora hablamos tanto: el podcast.
Como las transmisiones públicas de la radio estaban siendo cada vez más afectadas por el recorte de dinero, algunos periodistas decidieron migrar hacia otras plataformas para seguir haciendo su trabajo. Para el 2004, ya algunos periodistas bautizaron ese trabajo casero de los locutores con el nombre que conocemos ahora, haciendo juego de algunos vocablos gringos con los cuales se les reconocía. Los podcasts en un inicio fueron una prolongación del trabajo que se hacía en la radio, con la diferencia de que eran audios grabados sin pretensión de distribución masiva y creados para un determinado grupo de personas. Por esa razón se ganó un apodo muy apropiado: se le decía radio a la carta.
Todavía para ese tiempo el podcast era un detalle exótico de algunos periodistas. Las cosas cambiaron 10 años después, con la llegada del equipo de Sarah Koenig y un programa llamado “Serial” que recuperó lo mejor de la tradición radiofónica estadounidense. Serial, un programa dedicado a contar historias de no ficción, popularizó al podcast y amplificó sus posibilidades estilísticas. De algún modo creo la ilusión de los viejos tiempos, donde la voz y la música jugaban con la imaginación de los oyentes. Así, recuperó el poder que la televisión, el cine y la imagen le habían arrebatado a la radio. Como heredera de la radio, el podcast de Sarah se ve enriquecido por un lenguaje narrativo que conquistó un éxito impresionante.
El podcast llegó a nuestro país con bastante intensidad desde la pandemia. Antes de la pandemia, no aparecían nuevos programas cada mes en formato podcast, como sí ocurre ahora. Existían blogs que no tenían las ambiciones de un podcast, sino de un pasatiempo para divertir a las personas. Llama la atención que nuestros podcasts comparten rasgos similares a los programas tradicionales de la televisión y no de la radio, siendo la radio la primera influencia del podcast. Los programas de podcast por lo regular son un panel de expertos o comediantes hablando de un tema u otro, perdiendo así uno de las ventajas que ofrece el formato: la capacidad de integrar la imaginación de los espectadores contando historias.